A la vida le han crecido ojos, narices, bocas. La existencia es todo oídos. Nada se escapa. Los juicios nos sorprenden in fraganti, los dedos nos señalan, nos delatan, nos adulan, califican: un Me Gusta, un Ya no me gusta, un Retweet, un Reshare, Reblog, Unfollow Unfollow Unfollow; el Gran Hermano ha muerto en plena labor de parto de araña y ha dejado de ser, ha perecido como ser solitario y único, el Gran Hermano ha parido y nos ha legado a sus cientos de querubines, que como él solía, siempre están al acecho, cazando, persiguiendo. Facebook, Twitter, Tumblr, Igoogle. Todos controlando. Siempre controlando. Siempre. El ejercicio de la humanidad se ha hecho colectivo, nadie puede vivir sin los otros cuando queremos ser Dioses. Y todos queremos, todos miramos. El Gran hermano ha parido. Ha muerto. Y todos miramos. Y nada se escapa.
El demonio ha evolucionado: ahora también se esconde más allá de la carne, se ha hecho un ser social y vive entre nosotros sin temor a un Dios que posiblemente ha muerto, sin temor al exorcismo, si necesitar de las sombras, sin esconderse. La oscuridad se aloja ahora en la existencia misma pero ya no usa máscaras. No las necesita. Las redes sociales son su careta. Es la careta y el instrumento de todos. El excremento del diablo ya no es el dinero, es la información. Y la información es la guadaña de los nuevos tiempos. Es la nueva mierda.
Mierda; si no somos precavidos podemos salir salpicados. Lucía nunca lo había pensado antes. Mierda, obvio que la foto no coincide, obvio que ya no le habla con dulzura, Fabrizzio es Fabrizzio pero no es Fabrizzio, yo vi sus fotos, yo vi tus fotos, yo te vi Fabrizzio, yo te conozco; él le escribió no puedo vivir sin ti Lucía, él me lo escribió; me jodieron, me jodieron, que pendeja fui, espero que no me maten, Diosito, por favor, no me quiero morir, que no me vayan a matar, porque si la matan se cae toda la operación, matarla no es negocio, ellos lo saben, no pueden darse ese lujo, la cuestión es que salgamos lo más rápido posible de esto, SIN ROLLO, NO QUIERO ROLLOS mamita, quédate quietecita, porque después de tanto trabajo lo que queda es finiquitar, fi-ni-qui-tar, cobrar los reales, entregar y enconcharse.
Pu-rup, Pu-rup, entran los mensajes en el Messenger del Blackberry y los delicados dedos de Lucía presionan las teclas diminutas y escribe Aquí, te estoy esperando, aquí Fabri, donde me dijiste : ), pero Lucía no llega a enviar el mensaje, ya no puede, ni a Fabri ni a nadie, no puede enviar, ha sentido la mano que le toma firme el brazo desde atrás y la contundencia del cañón afincándosele a la altura del riñón, Lucía no puede responder porque ESTO ES UN SECUESTRO MAMI, aquello era un secuestro; entra y no nos mires, baja la cabeza, baja la cabeza mami, si me miras te quiebro; Pero… Fabrizzio, Fabrizzio…, Fabrizzio nada muchacha gafa, Fabrizzio nada.
La nada no existe, el anonimato es anónimo, el italiano ardiente de Lucía es una foto vieja que se bajaron de un buscador de imágenes y colgaron en Facebook, ese es el nuevo modus operandi, ahora la delincuencia es romántica y ataca el corazón; vete quitando todas las prendas de una, despacito Lucia, y las tarjetas, danos las tarjetas, eso es; la cena romántica se jodió, los versitos cursis y las caritas felices por Google chat se acabaron, la ilusión fue pura ilusión, Señor, no me vaya hacer nada, agarre y lléveselo todo, no me haga nada, Cállate mija, calladita, no me mires, no nos mires, si te quedas tranquilita no te pasa nada y salimos de esto rapidito. Sin complicaciones.
Dos de los hombres esperan en el carro encendido. Fabrizzio, que no es Fabrizzio, espera cerca de los ascensores del estacionamiento, la única entrada y salida hacia el Centro Comercial. El hombre fuma relajado, haciendo tiempo. Lucía se ha retrasado unos minutos, pero el hombre no desespera. Ella vendrá. Ellas siempre vienen. La voluntad de las feas es ilimitada. El que coge fea, coge doble. Piensa y se sonríe en sus adentros.
Lucía sale del ascensor, en el nivel indicado, para la cita concertada con el hombre errado. Va tan excitada que no se percata del tipo que fuma cerca de los ascensores. Él le deja caminar unos pasos, ella se mueve con rapidez, sin ver a los lados, mientras le da a las teclas de su Blackberry. Él lanza el cigarrillo a un lado y mete su mano en el bolsillo de la chaqueta donde carga el revólver. Camina detrás de ella, le toma el brazo con la siniestra, la mano tosca asiendo el brazo delicado, mientras sin sacar la otra mano del bolsillo, le presiona la parte baja de la espalda con la boca del arma. El carro se mueve con diligencia y Lucía es empujada adentro. Rápido y sin complicaciones.
La idea es dar vueltas, cansarla, desmoralizarla, pura mente, el plan es que justo antes que se le vuelen los tapones llamamos a los padres, tenemos sus nombres señora, ya sabemos dónde viven, ya conocemos a toda la familia, bonitas las fotos de Puerto La Cruz, Lucía está chocadita de cara pero está divina en traje de baño, divina, nos dejan el dinero en, y nada de pacos, na-da-de-pa-cos, somos serios señora, somos serios.
A Lucía la dejaron botada en la carretera vieja. Antes de arrancar, uno de los tipos le devolvió el Blackberry. No lo necesitan. Son serios. En el terraplén vacío, seco y solitario, Lucía accede a Urbe Twitter. Gracias a Dios lo instaló con geolocalizador. La soledad está subestimada. Buzz. Buzz.
sábado, 14 de mayo de 2011
Los ojos que nos miran, los ojos.
Etiquetas:
Crónicas del Hígado Encebollado,
Los ojos que nos miran,
los ojos.,
Vi
martes, 8 de junio de 2010
Churchill ha tomado la piedra y roto la ventana. Well done, Winston.
A ustedes cinco que son muchos.
“(…) This is what happens when an unstoppable force meets an immovable object (…)”. The Joker. The Dark Knight 2008.
Pienso: la vida es un chance, una oportunidad única en el escenario de la existencia. Pienso: todos en algún momento nos tiramos a escena, vamos a las tablas cargados de ilusiones y expectativas y hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. El público siempre es malo. Por eso a veces cerramos los ojos cuando recitamos o cantamos. El público no hace falta. La transcendencia está en el acto creativo y cada acto escapa de nosotros y de ellos, siempre, siempre se nos van de las manos y cobran vida propia nuestras marionetas. A las tablas de la vida hemos venido a sufrir, sentir, aprender, equivocarnos, padecernos. A vivir, pues. Sí, la vida es un chance ante un público bastante malo, uno que no importa, pues, cuando transcendemos, nos aniquilamos a nosotros mismos. Pienso.
La cerveza ha hecho su trabajo pero mi felicidad no es etílica. Ellos creen que estoy borracho y yo no les contradigo. Se la están pasando bien con mi alegría; yo mismo me la estoy pasando de lo más bien con mi alegría y con la de ellos. No sé bien como pudimos confluir los seis a este encuentro improvisado. Hasta el destino debe estar asombrado: nunca se perdonará no haber prestado atención, no haber evitado la fundición de seis fuerzas imparables destinadas a chocar contra el espejo de un sistema y sus circunstancias.
Somos seis pero somos miles. Es la alquimia: vamos dejando de ser líneas rectas paralelas para irnos convirtiendo, sin que lo notemos, en un círculo, en un agravio de causas y condiciones que nos van cercando de manera inexorable. En estos miles que somos seis discurre la música, la trova, la fotografía, el cine, la danza, la escritura, la pintura, la poesía… la vida. Somos la potencia de una semilla que ya contiene un árbol sin saberlo.
A pesar de la banalidad a la que siempre asisto cuanto estoy un bar, reconozco que este es un momento definitivo, importante, elmundocambiaestanoche me digo, jodido acontecimiento al que estoy acudiendo, hoy nacemos y con nosotros las opciones. El cambio. Larebelióncomienza. Puede que todo esté en mi cabeza, puede que yo sea el único que lo vea, el único que quiera verlo. Sea como sea, lo veo y está ocurriendo.
Pienso en la generación Beat. En los hippies, en El Techo de la Ballena, en los antipoetas, en los anarquistas, los punk… ¿Habrán sentido lo que yo estoy sintiendo? ¿Pudieron ver el inicio? No importa. Yo solo sé que nosotros somos algo, o nada, pero somos. Estamos bebiendo, debatiendo, escuchando música y cantando en este bar llamado Churchill. Movido por lo irresponsable que significa lo inevitable, me atrevo y nos llamo: somos los Churchillianos. Y ellos ríen.
“(…) This is what happens when an unstoppable force meets an immovable object (…)”. The Joker. The Dark Knight 2008.
Pienso: la vida es un chance, una oportunidad única en el escenario de la existencia. Pienso: todos en algún momento nos tiramos a escena, vamos a las tablas cargados de ilusiones y expectativas y hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos. El público siempre es malo. Por eso a veces cerramos los ojos cuando recitamos o cantamos. El público no hace falta. La transcendencia está en el acto creativo y cada acto escapa de nosotros y de ellos, siempre, siempre se nos van de las manos y cobran vida propia nuestras marionetas. A las tablas de la vida hemos venido a sufrir, sentir, aprender, equivocarnos, padecernos. A vivir, pues. Sí, la vida es un chance ante un público bastante malo, uno que no importa, pues, cuando transcendemos, nos aniquilamos a nosotros mismos. Pienso.
La cerveza ha hecho su trabajo pero mi felicidad no es etílica. Ellos creen que estoy borracho y yo no les contradigo. Se la están pasando bien con mi alegría; yo mismo me la estoy pasando de lo más bien con mi alegría y con la de ellos. No sé bien como pudimos confluir los seis a este encuentro improvisado. Hasta el destino debe estar asombrado: nunca se perdonará no haber prestado atención, no haber evitado la fundición de seis fuerzas imparables destinadas a chocar contra el espejo de un sistema y sus circunstancias.
Somos seis pero somos miles. Es la alquimia: vamos dejando de ser líneas rectas paralelas para irnos convirtiendo, sin que lo notemos, en un círculo, en un agravio de causas y condiciones que nos van cercando de manera inexorable. En estos miles que somos seis discurre la música, la trova, la fotografía, el cine, la danza, la escritura, la pintura, la poesía… la vida. Somos la potencia de una semilla que ya contiene un árbol sin saberlo.
A pesar de la banalidad a la que siempre asisto cuanto estoy un bar, reconozco que este es un momento definitivo, importante, elmundocambiaestanoche me digo, jodido acontecimiento al que estoy acudiendo, hoy nacemos y con nosotros las opciones. El cambio. Larebelióncomienza. Puede que todo esté en mi cabeza, puede que yo sea el único que lo vea, el único que quiera verlo. Sea como sea, lo veo y está ocurriendo.
Pienso en la generación Beat. En los hippies, en El Techo de la Ballena, en los antipoetas, en los anarquistas, los punk… ¿Habrán sentido lo que yo estoy sintiendo? ¿Pudieron ver el inicio? No importa. Yo solo sé que nosotros somos algo, o nada, pero somos. Estamos bebiendo, debatiendo, escuchando música y cantando en este bar llamado Churchill. Movido por lo irresponsable que significa lo inevitable, me atrevo y nos llamo: somos los Churchillianos. Y ellos ríen.
lunes, 15 de marzo de 2010
Si no estamos dispuestos, pues abracemos la hecatombe
A los hombres que te enseñan las vísceras se les teme, se les odia, se les execra. A nadie le gusta que le saquen de su mentira, de su egoísmo, de su hipocresía. A nadie le gusta que le digan en su cara que aquí vinimos a soportar, no a buscar la felicidad. A nadie le gusta escuchar que todos vivimos una mentira. Que somos todos unos huevones. Unos dementes. Unos adictos a nosotros mismos. Unos estafadores.
Hacen falta más seres malditos que tengan la suficiente compasión para decirle a la gente lo que son, no lo que pretenden ser. ¿A dónde se han ido los Bukowskis? ¿Dónde están los Budas, los Jesucristos, las Teresas de Calcuta? Mentirosos, mentirosos. Eso es lo que somos. Mentirosos que vivimos la mentira desde las mentiras. Mentirosos que pasamos nuestras vidas señalando porque la verdad es que nos aterroriza vernos en un espejo, nos horroriza devolver el dedo para señalarnos a nosotros mismos.
No nos creamos todos nuestros autoengaños mientras el barco se sigue hundiendo. La nave viene hundiéndose desde hace tiempo, hasta el capitán lo sabía como dice Leonard Cohen, así que cada quien que agarre su balde y empiece a sacar agua, que cada quien ponga la boca en las acciones y, por favor, que cada quien deje de mentirse y de mentir. O tirémonos al agua. De una vez. Y dejemos de joder.
Paremos de juzgar, de opinar, de tratar de influir, paremos la proyección. Paremos de manipular la realidad y el exterior a nuestro antojo y a nuestra conveniencia. Paremos de creer que los demás están obligados a pagar por nuestros errores, nuestras expectativas, nuestras necesidades, por los resultados de nuestros juegos y nuestras decisiones. Paremos de pensar que hay seres menos jodidos que otros, reconozcamos que todos lo estamos por igual, pues es de ese reconocimiento que nace la prohibición individual de meternos en las vidas de los demás. Vivamos pensando en la responsabilidad que significa serse a sí mismo y no ser nada. Paremos de buscar afuera víctimas, ovejas negras, mártires y chivos expiatorios. Reconozcamos que los problemas vienen siempre de nosotros y no a nosotros. Paremos ya las revoluciones externas, empecemos las internas de una maldita vez. Paremos de llenarnos la vida con cuanta mierda creemos que nos la podemos llenar: apartamentos, televisores, carros, bicicletas, blackberrys, microondas, Iphones. Paremos de tratar de ganarle a la muerte en sitios nocturnos, en camas, en mesas, en lugares exóticos, en futuros, en libros de autoayuda, en spas. Paremos de justificarnos la incompetencia con definiciones psicológicas extraídas de libros creados desde el sistema de la propia locura: psicópatas, sociópatas, maníacos, deprimidos, ludópatas, alcohólicos, drogadictos, mitómanos… Asumamos las verdaderas etiquetas: mentirosos, frustrados, pusilánimes, cobardes, egoístas, acomplejados... Paremos de darle la vuelta a lo que somos y elijamos una de las dos opciones simples y posibles de nuestra existencia: abrazarnos las vísceras, cuidarlas, amarlas, arrullarlas hasta que se callen y queden enmudecidas de cansancio, o entregarnos hasta que el fango nos tape y todo se vaya a la mierda.
Seamos sinceros por Dios.
O vayámonos al carajo sin chistar.
Hacen falta más seres malditos que tengan la suficiente compasión para decirle a la gente lo que son, no lo que pretenden ser. ¿A dónde se han ido los Bukowskis? ¿Dónde están los Budas, los Jesucristos, las Teresas de Calcuta? Mentirosos, mentirosos. Eso es lo que somos. Mentirosos que vivimos la mentira desde las mentiras. Mentirosos que pasamos nuestras vidas señalando porque la verdad es que nos aterroriza vernos en un espejo, nos horroriza devolver el dedo para señalarnos a nosotros mismos.
No nos creamos todos nuestros autoengaños mientras el barco se sigue hundiendo. La nave viene hundiéndose desde hace tiempo, hasta el capitán lo sabía como dice Leonard Cohen, así que cada quien que agarre su balde y empiece a sacar agua, que cada quien ponga la boca en las acciones y, por favor, que cada quien deje de mentirse y de mentir. O tirémonos al agua. De una vez. Y dejemos de joder.
Paremos de juzgar, de opinar, de tratar de influir, paremos la proyección. Paremos de manipular la realidad y el exterior a nuestro antojo y a nuestra conveniencia. Paremos de creer que los demás están obligados a pagar por nuestros errores, nuestras expectativas, nuestras necesidades, por los resultados de nuestros juegos y nuestras decisiones. Paremos de pensar que hay seres menos jodidos que otros, reconozcamos que todos lo estamos por igual, pues es de ese reconocimiento que nace la prohibición individual de meternos en las vidas de los demás. Vivamos pensando en la responsabilidad que significa serse a sí mismo y no ser nada. Paremos de buscar afuera víctimas, ovejas negras, mártires y chivos expiatorios. Reconozcamos que los problemas vienen siempre de nosotros y no a nosotros. Paremos ya las revoluciones externas, empecemos las internas de una maldita vez. Paremos de llenarnos la vida con cuanta mierda creemos que nos la podemos llenar: apartamentos, televisores, carros, bicicletas, blackberrys, microondas, Iphones. Paremos de tratar de ganarle a la muerte en sitios nocturnos, en camas, en mesas, en lugares exóticos, en futuros, en libros de autoayuda, en spas. Paremos de justificarnos la incompetencia con definiciones psicológicas extraídas de libros creados desde el sistema de la propia locura: psicópatas, sociópatas, maníacos, deprimidos, ludópatas, alcohólicos, drogadictos, mitómanos… Asumamos las verdaderas etiquetas: mentirosos, frustrados, pusilánimes, cobardes, egoístas, acomplejados... Paremos de darle la vuelta a lo que somos y elijamos una de las dos opciones simples y posibles de nuestra existencia: abrazarnos las vísceras, cuidarlas, amarlas, arrullarlas hasta que se callen y queden enmudecidas de cansancio, o entregarnos hasta que el fango nos tape y todo se vaya a la mierda.
Seamos sinceros por Dios.
O vayámonos al carajo sin chistar.
Etiquetas:
Crónicas del Hígado Encebollado,
Si no estamos dispuestos pues abracemos la hecatombe,
Vicente Forte Sillié
miércoles, 17 de junio de 2009
Hay pesadillas que hablan de los hombres
Anoche soñé que era un hombre. Y sentí mucha angustia.
En mi sueño, no llegué a verme nunca ante nada que pudiera reflejarme, pero me intuí bastante regular, como supongo son los hombres regulares de los sueños: cabello, ojos, nariz, un orificio en medio de la cara resguardado por una armadura de huesos blancos y afilados, un tronco y dos extremidades rematadas por patas y dedos, dos brazos largos terminados en manos capaces de tocar y aprensar objetos, de tomarlos, de hacerlos propios, de poseerlos. Tenía uñas y pelo por doquier y caminaba erecto, haciendo un gracioso ángulo con el piso, como le pasa a las gallinas y a otros animales. Era un hombre común. Cualquiera. Sin embargo, en mi sueño de hombre común me creía algo, me definía diferente y propio, muy a pesar de que sabía que era igual al resto de los hombres. Me sentía un yo.
Tenía mujer, hijos, trabajo, casa y todas aquellas cosas que los hombres, en su ilusión, no sólo creen que poseen, sino que les pertenecen. Tenía además múltiples asuntos que hacer y atender y un miedo terrible a hacerlos. Más que miedo en realidad eran dudas, como si en el fondo no tuviera muy claro si existiera una razón para llevarlos a cabo. Estaba sometido a una necesidad viciosa de acción. Y de expectativas.
Todos me hablaban, pero no todas las maneras era iguales. Algunos eran taimados, otros agresivos, otros, manipuladores. Todos querían algo y me da la impresión de que en el fondo no sabían por qué las querían. Necesitaban, pedían, ansiaban, exigían, buscaban conseguir, sentir algo, no podría definir eso que anhelaban pues yo no hablaba su idioma y no podía entenderlos ni preguntarles. Pero una cosa era a todas luces clara: aquello que tanto apetecían, no lo tenían.
Todo era luz y ruido, el silencio que por ley natural siempre lo abarca todo aunque quede tapizado por otros sonidos, se encontraba sumergido y opacado por el bullicio y la actividad. Había máquinas que hablaban, otras que emitían luces, otras se movían como un animal furioso o en celo. Los hombres giraban en torno a ellas, se hacían parte de ellas y el caos era normalidad, algo que no sólo parecía gustarles, sino entretenerles.
El sueño debe haber transcurrido otro rato, pero no recuerdo todos los pormenores que siguieron al mismo. Recuerdo algunas sombras, algunos gritos, gentes diciéndome lo que debía y no debía hacer. Todo fue muy confuso.
Cuando desperté estaba debajo de la nevera. Todo seguía oscuro pero intuí mi vientre venoso contra el piso, mis alas en la espalda, mis antenas moviéndose nerviosamente y alertas. Sentí alivio. Ya no era un yo, ni quería nada, ni había nadie. Y los hombres dormían sus propias pesadillas.
En mi sueño, no llegué a verme nunca ante nada que pudiera reflejarme, pero me intuí bastante regular, como supongo son los hombres regulares de los sueños: cabello, ojos, nariz, un orificio en medio de la cara resguardado por una armadura de huesos blancos y afilados, un tronco y dos extremidades rematadas por patas y dedos, dos brazos largos terminados en manos capaces de tocar y aprensar objetos, de tomarlos, de hacerlos propios, de poseerlos. Tenía uñas y pelo por doquier y caminaba erecto, haciendo un gracioso ángulo con el piso, como le pasa a las gallinas y a otros animales. Era un hombre común. Cualquiera. Sin embargo, en mi sueño de hombre común me creía algo, me definía diferente y propio, muy a pesar de que sabía que era igual al resto de los hombres. Me sentía un yo.
Tenía mujer, hijos, trabajo, casa y todas aquellas cosas que los hombres, en su ilusión, no sólo creen que poseen, sino que les pertenecen. Tenía además múltiples asuntos que hacer y atender y un miedo terrible a hacerlos. Más que miedo en realidad eran dudas, como si en el fondo no tuviera muy claro si existiera una razón para llevarlos a cabo. Estaba sometido a una necesidad viciosa de acción. Y de expectativas.
Todos me hablaban, pero no todas las maneras era iguales. Algunos eran taimados, otros agresivos, otros, manipuladores. Todos querían algo y me da la impresión de que en el fondo no sabían por qué las querían. Necesitaban, pedían, ansiaban, exigían, buscaban conseguir, sentir algo, no podría definir eso que anhelaban pues yo no hablaba su idioma y no podía entenderlos ni preguntarles. Pero una cosa era a todas luces clara: aquello que tanto apetecían, no lo tenían.
Todo era luz y ruido, el silencio que por ley natural siempre lo abarca todo aunque quede tapizado por otros sonidos, se encontraba sumergido y opacado por el bullicio y la actividad. Había máquinas que hablaban, otras que emitían luces, otras se movían como un animal furioso o en celo. Los hombres giraban en torno a ellas, se hacían parte de ellas y el caos era normalidad, algo que no sólo parecía gustarles, sino entretenerles.
El sueño debe haber transcurrido otro rato, pero no recuerdo todos los pormenores que siguieron al mismo. Recuerdo algunas sombras, algunos gritos, gentes diciéndome lo que debía y no debía hacer. Todo fue muy confuso.
Cuando desperté estaba debajo de la nevera. Todo seguía oscuro pero intuí mi vientre venoso contra el piso, mis alas en la espalda, mis antenas moviéndose nerviosamente y alertas. Sentí alivio. Ya no era un yo, ni quería nada, ni había nadie. Y los hombres dormían sus propias pesadillas.
Etiquetas:
Crónicas del Hígado Encebollado,
Hay pesadillas que hablan de los hombres,
Vicente Forte Sillié
viernes, 29 de mayo de 2009
Los Samuráis también lloran
A estas alturas, el hombre no sabe con certeza si se trata de un bosque de bambúes, o si es un único bambú, inmenso, entretejido y poderoso, el que ha brotado omnisciente y se ha adueñado de un espacio que convierte en bosque. Las lluvias han comenzado y con ellas el verde se ha hecho fuerte y flexible, como una espada de jade. Los ríos han crecido. De sus aguas furiosas nacen los rugidos de un dragón que vomita con furia su propio fondo. Los cadáveres de animales y hombres circulan arrastrados por las aguas como parte de la purga. Pronto será la época del loto.
El hombre está sentado con las piernas cruzadas. Medita con los ojos abiertos, inmóvil. ¿Cómo se puede creer tanta irrealidad? Este hombre, que resulta ser un samurái, sondea, mira desde lejos su propio cauce, su propia mente, sus pensamientos, eso que es él mismo, y no. Describir a este hombre sería una contradicción, porque todo está vacío de existencia intrínseca, incluyéndole. Sin embargo, es por estar vacío que el hombre se agrupa y existe. Como todo. Así que no sería totalmente errado decir que su cabello es negro azabache, largo y terminado en cola de caballo. Su kimono de mangas largas ha devenido en gris, sus dos espadas descansan cada una a un lado de su cinturón de tela, sus sandalias de paja y madera yacen vacías en la tierra, confirmando la desnudez de sus pies. Desde sus ojos abiertos, la realidad invisible del que ve sin ver se le muestra sesgada. Así es la acción de la no acción.
En la historia de este samurái no hay estandartes ni repiquetear de tambores. No hay jade, no hay oro, no hay batallas grandiosas. Sólo está el silencio, uno que dice más de él, de lo que es, de lo que piensa, que del silencio mismo. Su leyenda es tan simple como su represión: su fuerza está contenida en una mezcla de odio y vergüenza. Nadie ha muerto bajo su espada. Nunca ha querido desenvainar. Muchos le toman por cobarde, débil. Él sabe que no lo es, aunque no sepa la razón. Pero nunca ha desenvainado, ni siquiera cuando debía. La naturaleza todo lo cobra y lo transforma: las reacciones nacen de las acciones, se quiera o no. El reprimir una reacción es también una acción, una que con el tiempo, inevitable y certero, termina en una especie de harakiri lento y doloroso.
Este samurái está perdido entre los hombres porque no reconoce ni recuerda a ninguno. Su inmovilidad, su inacción, no le ha hecho uno con la espada, sino dos entes separados, dos extraños que se avergüenzan el uno del otro. Hay decisiones que nos convierten en objeto de la omisión. Y a consecuencia de ellas la gente muere. El samurái tiene muchas muertes encima, a pesar de no haber desenvainado su espada. Ese es su pecado. La indolencia.
Hoy es el día en el que ha decidido tomar la empuñadura. Vengar a los fantasmas ululantes de la culpa. Vengarse a sí mismo, a su descuido, su negligencia, a sus muertes pequeñas. No siente miedo, aunque sabe que va a morir. Ha estado muriendo desde hace mucho, así que sólo se trata de una cuestión de velocidad y filo.
El samurái desenvaina la espada hasta la mitad de la hoja. Un sonido agudo se suspende en el bosque y vibra entre las hojas de los árboles. La espada queda a mitad de camino. El hombre no duda, no teme, no se impacienta. Todo tiene su momento, uno que siempre llega. Del ojo del samurái cae una lágrima, y puede que sea coincidencia o premonición, lo cierto es que la lágrima va a tener al mismísimo filo de la espada. Como su vida, su lágrima se divide en dos y rueda por ambas caras del acero.
El hombre está sentado con las piernas cruzadas. Medita con los ojos abiertos, inmóvil. ¿Cómo se puede creer tanta irrealidad? Este hombre, que resulta ser un samurái, sondea, mira desde lejos su propio cauce, su propia mente, sus pensamientos, eso que es él mismo, y no. Describir a este hombre sería una contradicción, porque todo está vacío de existencia intrínseca, incluyéndole. Sin embargo, es por estar vacío que el hombre se agrupa y existe. Como todo. Así que no sería totalmente errado decir que su cabello es negro azabache, largo y terminado en cola de caballo. Su kimono de mangas largas ha devenido en gris, sus dos espadas descansan cada una a un lado de su cinturón de tela, sus sandalias de paja y madera yacen vacías en la tierra, confirmando la desnudez de sus pies. Desde sus ojos abiertos, la realidad invisible del que ve sin ver se le muestra sesgada. Así es la acción de la no acción.
En la historia de este samurái no hay estandartes ni repiquetear de tambores. No hay jade, no hay oro, no hay batallas grandiosas. Sólo está el silencio, uno que dice más de él, de lo que es, de lo que piensa, que del silencio mismo. Su leyenda es tan simple como su represión: su fuerza está contenida en una mezcla de odio y vergüenza. Nadie ha muerto bajo su espada. Nunca ha querido desenvainar. Muchos le toman por cobarde, débil. Él sabe que no lo es, aunque no sepa la razón. Pero nunca ha desenvainado, ni siquiera cuando debía. La naturaleza todo lo cobra y lo transforma: las reacciones nacen de las acciones, se quiera o no. El reprimir una reacción es también una acción, una que con el tiempo, inevitable y certero, termina en una especie de harakiri lento y doloroso.
Este samurái está perdido entre los hombres porque no reconoce ni recuerda a ninguno. Su inmovilidad, su inacción, no le ha hecho uno con la espada, sino dos entes separados, dos extraños que se avergüenzan el uno del otro. Hay decisiones que nos convierten en objeto de la omisión. Y a consecuencia de ellas la gente muere. El samurái tiene muchas muertes encima, a pesar de no haber desenvainado su espada. Ese es su pecado. La indolencia.
Hoy es el día en el que ha decidido tomar la empuñadura. Vengar a los fantasmas ululantes de la culpa. Vengarse a sí mismo, a su descuido, su negligencia, a sus muertes pequeñas. No siente miedo, aunque sabe que va a morir. Ha estado muriendo desde hace mucho, así que sólo se trata de una cuestión de velocidad y filo.
El samurái desenvaina la espada hasta la mitad de la hoja. Un sonido agudo se suspende en el bosque y vibra entre las hojas de los árboles. La espada queda a mitad de camino. El hombre no duda, no teme, no se impacienta. Todo tiene su momento, uno que siempre llega. Del ojo del samurái cae una lágrima, y puede que sea coincidencia o premonición, lo cierto es que la lágrima va a tener al mismísimo filo de la espada. Como su vida, su lágrima se divide en dos y rueda por ambas caras del acero.
sábado, 25 de abril de 2009
Sócrates no me conoció
Sólo sé que sé mucho.
Sé lo que es la soledad. Esa que te asalta entre las multitudes, que te embarga entre el ruido y la algarabía. Esa que, a veces te muestra que estás solo, otras, inexpugnablemente saturado.
También sé lo que es el vacío. No la vacuidad sublime de Avalokistevara, no el estado puro de ausencia de ego, sino el vacío repleto de ecos, caminos y memorias. Ese vacío que siempre está tan lleno que no te deja respirar.
Conozco lo que es tener miedo. Ser adicto al miedo. Llegar incluso a necesitarlo, echar mano de él para evitar ser un desprotegido ante las circunstancias. Y la vida.
He sentido la agonía de contener el llanto durante años, de fingir sonrisas a plazo fijo, de decirme que todo va estar bien aunque sepa como terminan los futuros. He soportado la crueldad de los espejos, de los de azogue y de los humanos que me reflejan, de aquel que te presiona desde los ancestros y los ascendientes, el de la repetición, el que es lago revuelto, el de la casa de la risa que te distorsiona, te emula y te crea de nuevo dejándote dudas acerca de la imagen original.
Sobre mí han caído los juicios como persianas corredizas, esos que nublan, que te dejan en la oscuridad de tus propias voces y sinsabores. He sido extranjero, outsider, prisionero de guerra, refugiado, maldito, demonio, ángel de la guarda, egoísta, generoso, pendenciero. En mí se resume un carnaval con su festival de caretas, se condensa una novela con su retrato de Dorian Gray pudriéndose en un lugar escondido. He sido muchas cosas y ninguna al mismo tiempo.
Sé lo que es beber en un bar solo, fumar en la madrugada equivocada, extrañar a alguien que murió, el tener pesadillas por una pelea de boxeo vieja que se ha retransmitido, el ver a un amigo llorar, el ver a una mujer llorar; sé lo que es confiar y lo mucho que duele aunque no te traicionen. He vivido lo que es no sentir compasión ni siquiera cuando te obligas, lo que es darte contra la misma pared cada vez que la ves, he sentido lo que es la inseguridad y lo mucho que corroe, incluso a otros.
Entiendo lo que es olvidar y ser olvidado, lo que es estar triste, deprimido, eufórico, lo que es ser víctima y victimario al mismo tiempo, lo que es despertarse con el mundo palpitándonos en la piel; he recibido el gancho al hígado de una sola palabra que te da en el lugar preciso el día que menos te lo esperas.
He vivido y dejado de vivir. Conozco las partes buenas del trato. Y las malas. También he sido feliz. E infeliz. Sólo una cosa: nunca he mentido y no creo en las armaduras ni en los chalecos antibalas.
Reitero: sé que sé mucho. Con todo lo que implica. No ha sido nada fácil, pero a pesar de todo, de todo lo que sé, a pesar de que nada de esto se borra o se maquilla, no he dejado de creer. De levantarme. Creo que después de todo, he aprendido a ser un hombre.
Sé lo que es la soledad. Esa que te asalta entre las multitudes, que te embarga entre el ruido y la algarabía. Esa que, a veces te muestra que estás solo, otras, inexpugnablemente saturado.
También sé lo que es el vacío. No la vacuidad sublime de Avalokistevara, no el estado puro de ausencia de ego, sino el vacío repleto de ecos, caminos y memorias. Ese vacío que siempre está tan lleno que no te deja respirar.
Conozco lo que es tener miedo. Ser adicto al miedo. Llegar incluso a necesitarlo, echar mano de él para evitar ser un desprotegido ante las circunstancias. Y la vida.
He sentido la agonía de contener el llanto durante años, de fingir sonrisas a plazo fijo, de decirme que todo va estar bien aunque sepa como terminan los futuros. He soportado la crueldad de los espejos, de los de azogue y de los humanos que me reflejan, de aquel que te presiona desde los ancestros y los ascendientes, el de la repetición, el que es lago revuelto, el de la casa de la risa que te distorsiona, te emula y te crea de nuevo dejándote dudas acerca de la imagen original.
Sobre mí han caído los juicios como persianas corredizas, esos que nublan, que te dejan en la oscuridad de tus propias voces y sinsabores. He sido extranjero, outsider, prisionero de guerra, refugiado, maldito, demonio, ángel de la guarda, egoísta, generoso, pendenciero. En mí se resume un carnaval con su festival de caretas, se condensa una novela con su retrato de Dorian Gray pudriéndose en un lugar escondido. He sido muchas cosas y ninguna al mismo tiempo.
Sé lo que es beber en un bar solo, fumar en la madrugada equivocada, extrañar a alguien que murió, el tener pesadillas por una pelea de boxeo vieja que se ha retransmitido, el ver a un amigo llorar, el ver a una mujer llorar; sé lo que es confiar y lo mucho que duele aunque no te traicionen. He vivido lo que es no sentir compasión ni siquiera cuando te obligas, lo que es darte contra la misma pared cada vez que la ves, he sentido lo que es la inseguridad y lo mucho que corroe, incluso a otros.
Entiendo lo que es olvidar y ser olvidado, lo que es estar triste, deprimido, eufórico, lo que es ser víctima y victimario al mismo tiempo, lo que es despertarse con el mundo palpitándonos en la piel; he recibido el gancho al hígado de una sola palabra que te da en el lugar preciso el día que menos te lo esperas.
He vivido y dejado de vivir. Conozco las partes buenas del trato. Y las malas. También he sido feliz. E infeliz. Sólo una cosa: nunca he mentido y no creo en las armaduras ni en los chalecos antibalas.
Reitero: sé que sé mucho. Con todo lo que implica. No ha sido nada fácil, pero a pesar de todo, de todo lo que sé, a pesar de que nada de esto se borra o se maquilla, no he dejado de creer. De levantarme. Creo que después de todo, he aprendido a ser un hombre.
martes, 14 de abril de 2009
Ven tal como eres, como eras
A Kurt Cobain
Si él hubiera sabido que ese día iba a morir, todo hubiera sido distinto.
El juego. Todos estamos en la vida, irremediablemente, jugando, haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos. Vivir es jugar y no hay alternativas. Cada quien tiene sus fichas, sus talentos, sus culpables, sus fantasmas, sus anhelos. Pero al final lo importante no son los jugadores, las metas, ni el juego mismo. Sino como se juega.
Hay reglas. Algunas son flexibles y admiten excusas. Otras nos permiten echar mano a chivos expiatorios. Otras creernos víctimas o culpables. Pero las importantes son las inquebrantables. La muerte es una de esas reglas que no admite evasivas, ni preguntas, ni maquillajes. Ella es así y no de otra manera. Negarla implica afirmarla primero, por eso, transgredirla o tratar de olvidarla es un acto descabellado a nivel práctico, se vaya ganando o perdiendo. Al igual que muchas otras cosas, morir no es ni bueno ni malo, sólo es. Y cuando se le reconoce como un hecho honesto, latente, definitivo e inquebrantable, el juego se reafirma y cobra sentido. No lo contrario.
Así que si al menos él hubiera considerado que ese era su último día, que no habría otro, quizás no hubiera hecho muchas cosas que sí hizo. Su movida habría sido distinta, sus peones, otros. Es posible que se hubiera levantado, disfrutado de las gotas de lluvia que golpeaban la ventana de su cuarto, se hubiera bañado sintiendo, sin pensar, y hubiera agradecido poder vestirse y tener unas botas de cuero como aquellas. Le hubiera dado un beso a la mujer que dormía, profunda y sincera, en la cama compartida, le hubiera dicho en un susurro te quiero, y habría visto a su perro en el piso, reconociendo su nobleza, dejando incluso que le lamiera la cara, sin las interferencias del asco o la incomodidad. Como el tiempo hubiera apremiado, haría esto y no aquello.
Se montaría en el carro. Escucharía a Kurt Cobain como un acto de revelación y no de desesperanza, vería la ciudad como algo desnudo, un reflejo de sí mismo y de todos los hombres, se reconocería en cada peatón, manejaría hasta casa de sus padres, se tomaría un café con ellos y miraría mucho a los ojos de sus hermanos mientras le hablaban. Sin expectativas. Agradecido.
Luego regresaría. En el camino recitaría un poema, o una plegaria, o un mantra. Ya en casa tomaría su almuerzo sintiendo cada sabor, dormitaría quince minutos, despertaría, pintaría un cuadro, leería un cuento de Bukowski, bailaría con la mujer una canción suelta, pensaría en Buda, Kerouac, Neruda, sentiría compasión por las rosas en el jarrón, vería al zancudo en su brazo alimentándose con su sangre, se fumaría un cigarro y dejaría una carta para un amigo. Luego cenaría.
Cansado, como seguro estaría con todos estos hechos inexistentes, consideraría las opciones a mano: sentado en el inodoro la escopeta, el revólver parado sobre su escritorio, el cuchillo y las venas metido en la bañera. O ninguna. Quizás sólo esperaría.
En todo caso, si él supiera que ahora le toca morir, iría de mano de la muerte a donde hubiera que ir tal como él debió ser, como debe ser. Pero cada uno juega a su manera, observa o no las reglas y hace lo que tiene que hacer. Para él, ya es demasiado tarde.
Si él hubiera sabido que ese día iba a morir, todo hubiera sido distinto.
El juego. Todos estamos en la vida, irremediablemente, jugando, haciendo lo mejor que podemos con lo que tenemos. Vivir es jugar y no hay alternativas. Cada quien tiene sus fichas, sus talentos, sus culpables, sus fantasmas, sus anhelos. Pero al final lo importante no son los jugadores, las metas, ni el juego mismo. Sino como se juega.
Hay reglas. Algunas son flexibles y admiten excusas. Otras nos permiten echar mano a chivos expiatorios. Otras creernos víctimas o culpables. Pero las importantes son las inquebrantables. La muerte es una de esas reglas que no admite evasivas, ni preguntas, ni maquillajes. Ella es así y no de otra manera. Negarla implica afirmarla primero, por eso, transgredirla o tratar de olvidarla es un acto descabellado a nivel práctico, se vaya ganando o perdiendo. Al igual que muchas otras cosas, morir no es ni bueno ni malo, sólo es. Y cuando se le reconoce como un hecho honesto, latente, definitivo e inquebrantable, el juego se reafirma y cobra sentido. No lo contrario.
Así que si al menos él hubiera considerado que ese era su último día, que no habría otro, quizás no hubiera hecho muchas cosas que sí hizo. Su movida habría sido distinta, sus peones, otros. Es posible que se hubiera levantado, disfrutado de las gotas de lluvia que golpeaban la ventana de su cuarto, se hubiera bañado sintiendo, sin pensar, y hubiera agradecido poder vestirse y tener unas botas de cuero como aquellas. Le hubiera dado un beso a la mujer que dormía, profunda y sincera, en la cama compartida, le hubiera dicho en un susurro te quiero, y habría visto a su perro en el piso, reconociendo su nobleza, dejando incluso que le lamiera la cara, sin las interferencias del asco o la incomodidad. Como el tiempo hubiera apremiado, haría esto y no aquello.
Se montaría en el carro. Escucharía a Kurt Cobain como un acto de revelación y no de desesperanza, vería la ciudad como algo desnudo, un reflejo de sí mismo y de todos los hombres, se reconocería en cada peatón, manejaría hasta casa de sus padres, se tomaría un café con ellos y miraría mucho a los ojos de sus hermanos mientras le hablaban. Sin expectativas. Agradecido.
Luego regresaría. En el camino recitaría un poema, o una plegaria, o un mantra. Ya en casa tomaría su almuerzo sintiendo cada sabor, dormitaría quince minutos, despertaría, pintaría un cuadro, leería un cuento de Bukowski, bailaría con la mujer una canción suelta, pensaría en Buda, Kerouac, Neruda, sentiría compasión por las rosas en el jarrón, vería al zancudo en su brazo alimentándose con su sangre, se fumaría un cigarro y dejaría una carta para un amigo. Luego cenaría.
Cansado, como seguro estaría con todos estos hechos inexistentes, consideraría las opciones a mano: sentado en el inodoro la escopeta, el revólver parado sobre su escritorio, el cuchillo y las venas metido en la bañera. O ninguna. Quizás sólo esperaría.
En todo caso, si él supiera que ahora le toca morir, iría de mano de la muerte a donde hubiera que ir tal como él debió ser, como debe ser. Pero cada uno juega a su manera, observa o no las reglas y hace lo que tiene que hacer. Para él, ya es demasiado tarde.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)