jueves, 20 de agosto de 2020

Cubo perfecto

Nadie puede escapar de lo temporal 
nadie puede escapar de lo eterno

la puerta de la muerte
es de entrada
no de salida

la vida tiene demasiadas esquinas

no hay escape
si hay escapista

martes, 21 de julio de 2020

Capitulación

A Corina Freyre Gaspard

siempre seré
tierra de nadie

pero hablemos de política
y aclaremos
que tu bandera
está clavada en mí
reinando única e inequívoca
en este desierto de astas rotas
que es el imperio
de mi lealtad 

esta tierra es inexpugnable
como todo lo digno
cuando se erige sobre sí mismo
y en esta capitulación
que soy yo entregándome
está la certeza implícita
de ser
el territorio más seguro de todos

miércoles, 8 de julio de 2020

EL IMPERIO DEL OJO

Nos hemos acostumbrado a vivir bajo el imperio de los ojos. Lo que se ve se asocia con lo que se cree que es y con lo que se cree que existe, con lo que se conoce o con lo que se puede llegar a conocer. La imagen vale hoy día más que lo que se escucha, que lo que se siente, que lo que se piensa. Lo abstracto, lo invisible, lo tácito, lo anónimo, son víctimas de la depreciación por parte del acto. El acto es rey. Si no se ve, si no se enseña, no pasó. Si no pasó, no porque no ocurriera desde el punto de vista fáctico sino porque no fue visto desde la perspectiva de otra presencia, de un testigo, ese acto ha sido un desperdicio. Se ha fracasado. El éxito es ver el éxito. El éxito y la verdad están afuera y dependen de un tercero.

En el autoritarismo de la videncia, en el reino del afuera, la percepción proveniente del resto de los sentidos se siente dudosa, falsa, cercana a lo incomprobable; lo metafísico está muy cerca de lo ridículo y el espacio interno, de lo inútil. Entonces, la consecuencia se muestra cruda y cruel: el hombre hace de sí y de la otredad, una vitrina, un objeto, un hecho. Porque un ojo desconectado del resto de la información se convierte en una línea de producción, en un aparato de cosificación. Y las cosas por ser cosas, y las personas que se han hecho cosas, se usan, se utilizan, se desgastan, se manipulan, se reemplazan. Se desechan.

Bajo el imperio del acto, lo emocional y lo mental pierden fuerza. El pragmatismo es lo concreto. Todo se manifiesta hacia afuera y la vida interior se deshabita y se hace yerma. Se abandona lo interno, invisible para esos ojos que no pueden ver hacia adentro. En esa aridez práctica y operativa somos videntes que ya no ven, millones de Ojos de Saurón mirando, buscando, persiguiendo las llamas del deseo, ya sin siquiera saber por qué. Saurón es un ojo (y un panóptico) viendo a otros ojos que ven y, en ese ver, ya ni sabe por qué es Saurón. Es esa ignorancia la que nos acerca a la maldad. 

En la ética Aristotélica, el fin último de los seres humanos es alcanzar la felicidad. Todos los fines desembocan pues, según este genio neurótico de la filosofía, en la necesidad de ser feliz. Para lograr la felicidad, Aristóteles sugiere el camino de la virtud, ese punto medio entre los extremos que son el exceso y el defecto. Esta visión lógica del centro como vía a la felicidad es también compartida por las escuelas filosóficas del budismo Mahayana. La Vía media. Se llega a la felicidad a través de la virtud y se ejercita la virtud desde el medio de los extremos. Sin embargo, en el posmodernismo, ese lugar en el que todo se permite, todo vale, todo está justificado y todo es una consecuencia de las razones de cada razonador, es posible preguntarse si el concepto de felicidad es independiente de quien lo piensa. El individualismo de la razón erige la excusa y la duda como fundamento de todo. La razón da paso a las razones (en plural), se pasa al politeísmo racional. Es aquí cuando se cuestiona la idea del malvado como buscador de la felicidad a través del camino de la perversión. El asesino en serie por ejemplo: un depredador que sigue de manera sistemática una pulsión irrefrenable que, una vez satisfecha, le hace feliz (¿o es placer?) a costillas del sufrimiento del otro (¿del otro convertido en cosa?). Esta idea que desecha la vía media y que ridiculiza la virtud, otorga a la perversión la capacidad de dar felicidad. Y fundamenta además todo lo que ya hemos hablado sobre el mandato de lo externo, la desarticulación de lo interno, la muerte de los sentidos a manos de los ojos. Creer esto significa, no sólo que los malvados pueden ser felices, sino que de alguna forma y en ocasiones, son poderosos, astutos e inteligentes.

La idea del malvado actual va cónsona con esa tendencia a hacer de todo hecho un espectáculo. La maldad en realidad llega a ensalzarse y a equipararse como una habilidad. En la actualidad, algunas culturas consideran al que actúa bien, en beneficio del otro, el que busca la felicidad en la virtud, el que no toma ventaja o aprovecha las situaciones que se le presentan a costillas de la generación de sufrimiento, como un tonto o un hipócrita. En realidad, si lo pensamos con detenimiento nos daremos cuenta de que el malvado no es un héroe sino un ignorante que no se ha detenido a pensar. Es un hombre sin preguntas: no se cuestiona sobre el fin último de la existencia, no entiende la naturaleza de la realidad, de la conciencia, de lo interno, de la interconexión de los fenómenos. No entiende que la vida no está reducida a cosas y fines. Un malvado es un ignorante en un sentido amplio: aquel que no conoce o conoce mal. El que busca informarse, que se entrega al proceso introspectivo, al análisis y al estudio, se aleja sin darse cuenta de la maldad. No existe un malvado que se haya dedicado, no reduzcamos al conocimiento, sino a pensar, a sentir con todos los sentidos, intuir, escuchar, meditar, entender. Viajar y conquistar el espacio interior.

El cohete de la maldad viaja en dos sentidos. En el fondo un malvado es también un “automalvado”, alguien que se ha convertido en su propio búmeran, alguien al que tarde o temprano le toca enfrentar la desesperanza de su error. Rumiando estas cosas no puedo dejar de pensar en la advertencia a las puertas del infierno de Dante, la cual recuerdo más o menos así: “A través de mi se va a la ciudad del dolor, al eterno dolor entre la gente perdida, abandonen toda esperanza al pasar esta puerta”. El malvado cree que alcanza la felicidad con la maldad cuando en realidad lo que hace es nunca redimirse del sufrimiento. La maldad es per se el castigo del malvado, pues lo condena a la muerte de lo insalvable; es barata, desgraciada y superficial, como dice en sus maravillosas clases de La Divina Comedia la poeta Cinzia Ricciuti. Para ella los demonios son meros funcionarios en ejercicio de la burocracia del mal, seres alejados del amor, de la gracia, de la luz. Tiene razón. No por nada Dante y Virgilio van de círculo en círculo evitando sus alcabalas. No por nada, el jefe arquetípico de todos los malos, el innombrable, está enterrado de la cintura para abajo en el centro del infierno. Inmóvil, castrado de facto, impotente. Siempre con los ojos puestos en el afuera, en el espectáculo de la condena que es el afuera, que es el infierno.

Antropológico Existencial

Un hombre es, en  esencia, una soledad ontológica. Poco importa lo que haga, poco importa el cómo, el cuándo, los por qué, la historia, el dónde, que lo haga en grupo o lo haga solo: el hombre verdadero se consigue cuando está solo, solo de sí y de todas las cosas. El hombre es lo que realmente es cuando cierra los ojos para dormir. Antes de dormirse se ve a sí mismo, esa es su realidad verdadera, actual e infinita, ese momento sin vida ni muerte, ni cosas, ni nombres, ni etiquetas, donde los pensamientos, si los hay, son inservibles. Es el momento del hombre vacuo, del hombre agujero negro, de la soledad viéndose a sí misma. Ese es el verdadero hombre, una soledad, un vacío, una decisión que todavía no se ha decidido.

lunes, 6 de julio de 2020

Yermo

Quisiera llorar
pero en medio de este desierto
de arena y sal
sólo queda el resentimiento

las lágrimas
como todo oasis
son un espejismo

domingo, 14 de junio de 2020

COVID 19: el momento filosófico

Lo cotidiano obedece a las reglas de la subjetividad, de lo íntimo, mientras que la rutina, a las del orden, propias del tiempo y el espacio. La libertad, ese estado de sosiego sobrevenido por la aceptación inconsciente y tácita de que aquello que está pasando en el momento y el lugar en el que nos encontramos es lo que es, la confluencia además de este aquí y ahora con lo que queremos sin desear; es decir, la aceptación, esa carencia de expectativas, deseos o frustraciones de nuestra voluntad en el acaecimiento; reconcilia y unifica a lo cotidiano con lo rutinario y viceversa, estableciendo un orden no sólo en el ámbito extrínseco, sino intrínseco de la realidad. Es allí en esa coincidencia cuando las cosas libres pueden transcender, ser al mismo tiempo, medibles y justas, diferentes y bellas. El haz de luz que traspasa la ventana de lo real hace desaparecer el cristal, los conceptos de luz y ventana desaparecen en su interpretación binaria y el cuestionamiento hacia algo nuevo se manifiesta: lo luminoso. Desde esa perspectiva, las cosas empiezan a mostrar significados más abiertos e independientes del consenso. 

A veces, el encierro, libera. Las gríngolas invisibles de lo externo no tienen sentido en el mundo de lo interno. En el claustro, la distracción diaria da paso a la atención, entonces, surgen los pruritos de la reflexión, el cuestionamiento y la introspección y con ellos, las preguntas propias del arte, la filosofía y la religión. Lo "normal" se pone en el tapete, no bajo el microscopio del análisis sino bajo el signo de la interrogación. Algunas respuestas dan paso a una belleza antes inadvertida, sencilla pero no simple. Otras, nos muestran patrones y tejidos que antes no veíamos. Y nuestra vida cambia y tenemos que escoger entre lo bello, la verdad, la mentira y la paranoia. Creer ya no es una opción. Creer es decidir que algo tiene que derrumbarse. Es una decisión metafísica.

Vivimos un momento filosófico por excelencia. Los cimientos del mundo han visto tambalear las razones de su lógica con la aparición del Covid-19. El tapiz de lo externo y lo social ha empezado a desentramarse, idas como estaban desde hace tiempo las costuras del nosotros y del bien común. El siempre pendiente futuro distópico tuvo por fin causa y fecha. Y ya no pudimos ocultar el miedo y la neurosis que nos ocasiona ver a estos tiempos a la cara, sin velos, sin maquillaje, sin demasiada esperanza.

Somos seres que, aunque subjetivos, antropocéntricos, nos hemos volcado hacia el afuera. Pasamos de crear la realidad a ser mal creados por ella. Esto ha sido especialmente notable en los últimos tiempos producto causal del liberalismo caníbal, del darwinismo social que nos degrada y envilece. La cosificación, el consumo anestésico, el corporativismo, la transaccionalidad de las relaciones, la masificación de la felicidad en las vitrinas de las redes sociales, la reducción de la relación al rango operativo, la instrumentalización de la otredad; todo ha desembocado en la manera en que ya no convivimos sino contravivimos, en la forma en que nos autoexplotamos y explotamos a otros, en nuestra relación casual y superficial con el conocimiento, en el onanismo efímero del entretenimiento. Nos hemos y nos han convertido en seres de superficie, incapaces, indefensos, indiferentes ante la profundo. Vivimos en lo externo de las cosas, justo allí donde la tierra es yerma y crecen con facilidad los hierbajos de la perversidad.

Frente a la incomodidad de la introspección, la tentación del hedonismo y la negación que nos facilita la tecnología, ante el dolor que nos causa el cuestionamiento existencialista; apostamos a la epidermis. Vivimos entonces una suerte de banalización existencial. Nos gobernamos bajo un orwellianismo donde todos somos nuestro propio Gran Hermano, uno que ha perfeccionado su manera de vigilarnos y controlarnos porque somo nosotros mismos. La premisa es la misma que propone el bueno de George en 1984: la ignorancia es la fuerza, la ignorancia es la vía, el desconocimiento y la incomprensión es salvación. Sin embargo, en esta nueva versión de la teoría de Orwell, el poder que nos autoejercemos no va dirigido a desconocer o disimular lo externo, sino a nuestro mundo interno. Creemos que la verdad está fuera en la simulación insondable de circunstancias y que la tragedia es algo distinto a lo creado por nosotros en nuestro propio desconocimiento. Vivimos en la selva oscura de Dante incapaces de darnos cuenta de que Virgilio está ahí, queriendo hablamos, advertirnos. 

Adelantándose a los ardores de nuestro presente, el escritor J.G. Ballard sostuvo que el verdadero territorio a ser explorado por la ciencia ficción no era el espacio exterior, sino el interior. Tenía razón. Hay que reiterar: vivimos momentos filosóficos. El futuro llegó, lo normal se está desmoronando y nosotros, con ello. Es menester ser libres. Autolibres si se quiere. Y eso no nos lo va a otorgar nada del afuera.

sábado, 13 de junio de 2020

JUICIO A LOS ESTORNINOS

                                               Dedicado a Dante.

No habrá piedad
para los estorninos
a la verdad como al cielo
nada le importa
la manera en que vuelan las cosas

la circunstancia
sólo la invoca
el que necesita justificarse
el que ya falló

el arrepentimiento
sólo salva
antes de que se quiebre la voluntad
sobre el piso de lo irreparable

ni la belleza 
ni el amor 
ni la esperanza
ni siquiera la misericordia
salvará a los estorninos
del ardor que es consumarse

siempre habrán de volver
a la condena del movimiento
porque nunca nada ha escapado
de la inamovilidad del cielo

volar 
vivir

ese torbellino de círculos
que es perseguir
persiguiéndose,
persiguiéndonos.

VFS.