sábado, 17 de diciembre de 2011

Wilfredo Valverde, El Binario


El boxeo es un juego de fintas y viceversas. Para ir hacia adelante se hace presión en la pierna de atrás, para retroceder, el impulso se toma con la pierna de adelante. Igual para el movimiento lateral: para ir a la derecha se empuja la pierna izquierda, para ir hacia la izquierda, el empuje es con la derecha. Wilfredo "El Zambo" Valverde sabe que el baile es de inversos y retrocesos, sólo que no hay tiempo para análisis en el furor del músculo acicateado por la adrenalina y los golpes. Contra las cuerdas todo es intuición, a veces premonición, y la memoria es de corto plazo, de pez de acuario, de uno, dos y tres. Trenzado allí como está, el Wilfre presiente en el hombro y la cadera del otro la combinación que se le viene encima, así que nada más reacciona, y contra el uno, uno, dos, igual a tres, opone la parte alta de la frente, taimada y gacha la cabeza afeitada, escondida la barbilla entre el pecho y el hombro izquierdo, los brazos paralelos, juntos a modo de armadura, los puños cubriéndole el rostro. Para salir del trance, sólo tendría que volver a intuir y reaccionar, ni siquiera le haría falta recordar la cantaleta: para la izquierda basta empujar a la derecha, para adelante presionar hacia atrás, para la acción se requiere la inacción, para dar una vuelta de Vals hacia la izquierda halar el hombro y la cadera a la derecha, para aumentar el deseo afincar la abstinencia, para ir hacia arriba escalar desde abajo... después de todo el boxeo es un tira y encoge de causas y efectos inversamente proporcionales, como las matemáticas, como la gravedad, como la naturaleza, como la vida misma. Pero el Wilfre no intuye ni reacciona ni le importa, y el uno, dos y tres le repite, presentación, nudo y desenlace, uno, dos y tres, jab, jab, recto de derecha contra los antebrazos, uno, dos y tres, jab, recto, gancho de izquierda, uno, dos y tres, jab, recto y gancho de derecha fuerte a la mandíbula, y el suiche parece saltarle, y se va a la lona, y con ella empieza la cuenta, y viene la noche, la rocola en el bar de ficheras y la canción de otros tiempos: uno, dos y tres, qué paso más chévere, qué paso más chévere, de mi conga es...

El bar es el de la avenida Las Delicias. Hubo una época en la que Wilfre cerraba sus peleas allí. Su preparador decidía y negociaba todo antes de introducir la proposición a la Federación: el título que pretendía, el cinturón en juego, las esquinas, los pesos, las fechas, el cuadrilátero, la propaganda, la localidad y los precios de la entrada. El sólo se sentaba allí y dejaba hacer, dejaba pasar, se dejaba ir por lo que fuera: una canción de la rocola, el ardor de un aguardiente en la garganta, la complacencia de una de las muchachas del lugar, o –en la mejor de las noches- por todo aquello. Después de cada pelea ganada la cosa era aún mejor: al Zambo lo recibían como a un rey, y el bar de ficheras se hacía fiesta y las mujeres se peleaban por pasarla con su Zambo “El noqueador”. Había estado con todas, y las quería a todas, y todas le querían a él. Era campeón: la velocidad de los requiebros de su cadera eran tan efectivos en el ring como en la pista de baile y la cama. Era joven. Era fuerte. Era noqueador. Pero de eso hace ya casi veinte años.

De todo, sólo queda la rocola en una esquina, aunque ahora es moderna: las canciones ya no se prestan para la pachanga, el cepillado y el maraqueado, ahora lo que abunda es la salsa erótica, la bachata moderna y el vallenato endiablado, y el mecanismo ya no se alimenta de sencillos de cuarenta y cinco revoluciones, sino de cidis. Todo lo demás es ajeno. En el negocio ya no se corren apuestas y las mujeres de hoy son distintas, se intuyen lúgubres, tristes, se sienten hediondas a un pachulí que recubre una piel que no se ha lavado en días; por seguro, que se pueda ver con los ojos que se han de comer los gusanos, esto es lo que se sabe: en el bar de hoy hay bastante caña –se ignora si adulterada-, hay luces rojas, sexo y mamadas a tranque en reservados, un televisor aéreo, mudo, destripando imágenes de partidos de fútbol que nadie ve, entre equipos que nadie conoce, con resultados que a nadie importan; por presunción, es decir, que no se ve pero que se supone: en el antro de ahora hay drogas y violencia. El mismo Wilfre se siente ajeno en este lugar de mala muerte que una vez fue otro. Aquí, al Zambo ya no lo conoce nadie Todo es nuevo. Y a él le parece que sí, es verdad, todo esto es novedad, pero de baja calaña.

El tipo llega y se viene y se sienta en la mesa. Todo pasa rápido. Al Zambo le cae todo en avalancha y mientras oye, piensa que todo se fue a la mierda, que no tengo otra cosa que hacer sino acceder, que ya no soy un muchacho, tengo diez años sin pelear, nadie me conoce y estoy fuera de forma, la calle está dura, y si no acepto no hay quien cubra los gastos de la casa este mes y pague la medicina del carajito, que ya bastante angustia nos causa a su mamá y a mí con la bendita enfermedad del carajo que tiene. La vaina está clara, el tipo ya sacó cuentas y me lanzó la propuesta, quieren promocionar a un amateur de mierda, a un novato que sacaron del 23 de Enero, y quieren que yo sea su carne de cañón, el chivo expiatorio que pierde por nocaut, y la cuestión es tómalo o déjalo ahora mismo. Si fuera por Luisa ya hubiéramos vendido mis cinturones del campeonato, pero esa vaina ya es demasiado, y Wilfredo sabe que es eso lo único que le queda de su época de gloria, de cuando era alguien, aunque sean esos mismos cinturones colgados en una pared de su casa los que le recuerden que ya, hoy en día, no es nadie. Acepta el trato, acuerda que todo sea rápido, sólo tiene que hacerse el pendejo, asomar la barbilla cuando esté entre las cuerdas y tirarse en el primerísimo primer round, qué carajo, que sea El Zambo el que pierda para que este Wilfredo Valverde gane y pueda cobrar sus reales.

Afuera llueve. El repiquetear del agua en el cemento llega como un murmullo a este sótano, se inmiscuye por la ventanilla que está, paradójicamente, en la esquina superior del camerino y al ras del piso de la calle al mismo tiempo; y el frescor del agua que se filtra levanta de las paredes un olor a sangre seca, alcoholado y orines viejos. Si Wilfredo Valverde fuera escritor y no pugilista, si utilizara pluma y no guantes, seguramente usaría este momento para lanzar un gancho certero, una frase rotunda, concisa y contundente al hígado del lector: el aire de la llovizna que entra a este cuarto es como las esperanzas, da gusto encontrarlas, pero casi siempre remueven el olor a mierda que llevamos dentro. Pero Wilfre no es escritor y aquí no hay lector, ni siquiera preparador, aquí no hay nadie, sólo Wilfre con Wilfre mismo. De un bolso va sacando cosas: un pote de vaselina para engrasarse la cara, una bombonita de anís El Mono para echarse tres buches, un frasco de alcoholado Pingüino para frotarse el cuerpo, mentol chino para untarse un poco en las bolas de manera de infundirse ánimos forzados, su par de guantes, sus amarres y su protector de boca. Todo lo colocará en la mesa y parsimoniosamente irá preparándose, hasta que llegue a los amarres y los guantes y se detenga ahí, resignado, decepcionado de esta soledad del coño, hasta que alguien recuerde que él no puede hacer aquello por sí solo, que hace falta que vengan y lo ayuden, y le cubran las manos con el esparadrapo, le pongan los guantes, le metan el protector en la boca y lo dejen listo para el castigo. Puede ser que mientras espere, Wilfre piense en mandar todo a la mierda, en darle la paliza del año al novato ese, primero me tiro al piso, le hago creer que me ha noqueado según lo que acordamos, y luego me levanto antes de que termine la cuenta, y lo llaveo hasta el cansancio, luego le tiro mi gancho izquierdo al costado para doblarlo y colocarlo en posición propicia para mi upper de derecha fulminante, y bam, fuera, nocaut, para que aprendan que conmigo no se juega, que el Zambo no se vende, que si tengo que rematar mis cinturones, me gano este primero, porque yo soy un macho, y todo lo demás que se vaya al carajo. Pero aunque esa es una posibilidad -hay que recordar que nadie puede estar seguro de lo que al Zambo le dé por pensar-, es más probable que mientras espere, El Wilfre se aventure a verse en el espejo de pie que hay en el camerino y se vea el abdomen prominente, desparramado sobre las pantalonetas vino tinto que tienen su nombre bordado en blanco, y se toque las tetas que son sus pectorales y las grasas que le cuelgan a merced de la gravedad, y hasta suba los brazos, los arquee a la altura de su cabeza intentando posar como en otros tiempos, se indague la cara dura y la cabeza afeitada, cierre los ojos para verse como era, como fue. Las posibilidades son infinitas cuando las causas nos buscan, pero si fuera esto lo que sucediera, si fuese la segunda posibilidad y no la primera la que se trenzara en las cuerdas y cayera a la lona de lo posible, si al Wilfre, en el vacío de la habitación le diera por mirarse en el espejo de pie, y posar, y soñar con alguien que fue el mismo pero ya no lo es, una cosa sería segura: ante su reflejo en el espejo, El Wilfre se sentiría solo, muy solo.

Wilfredo El Zambo Valverde escucha con los ojos aún cerrados el presagio que entra de soslayo, la cuenta del referee acompasada de la algarabía del polideportivo: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… La penúltima pelea ha terminado y el próximo es su turno. Falta poco para que toquen a su puerta, le ayuden con el esparadrapo y los guantes y se abra el universo binario de posibilidades, fintas y viceversas que encierran los cuadriláteros.

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